
La estación de tren no huele a galletas... huele a sándwich del Rodilla.
Sube a toda prisa el último tramo de escaleras mecánicas. Agua, quiere agua. En el andén la espera.
- ¡Llegué! —guiña un ojo— ¿me da tiempo ir por un sándwich?- Claro pero... ¡corre! —anima la muchacha, imitando con su dedo el caminar de las agujas del reloj.Gravita sobre sus pasos, su bufanda simula la estela de una estrella fugaz.
Planta -1.Se pone a la cola de... ¿1... 2... 3...? Tres personas esperan su turno. Taconea esperando el suyo.
- ¡Venga! —piensa— Dale el cambio ya —apremia mentalmente a la chica del mostrador—. Dos, aún quedan dos, me va a matar como perdamos el tren.
Una mano agarra su cintura en una caricia y sigue caminando. Mira la mano, sigue su estela, gira el cuello hacia atrás...
TIC tac TIC tac TIC.
[El tiempo se para. El aire que respira se ha estancado en su pecho provocando un tsunami en su interior. Brotan las lágrimas y abre los ojos perpleja al encontrar charcos en lugar de pozos secos. Gira de nuevo sobre sí misma mirando al mostrador. No hay reloj; el único dígito, el del atún con tomate: 2,15.
- No tiene remedio —exclama al fin—, es muss ein.]
- ¿Siguiente?
Corre en dirección contraria con maleta en mano; cinco metros, lo que le parecen 50. Le adelanta y le abraza con todo el cuerpo al tiempo que le murmura:
- Que sepas que te odio.
El muchacho no se sorprende al verla, al sentirla. Sonríe. Sonrisa de medio lado, sonrisa de ladrón, sonrisa etrusca, sonrisa.
- ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no has contestado a mis mensajes? —la niña hace pucheros entre pregunta y pregunta.
Le mira a los ojos. Ojos de mar, ojos a sabor de higos, ojos sin legañas, ojos.
- Porque era una apuesta perdida de antemano. Y no hay droga más dura que el roce de tu piel, Estela.
[ El TIC tac sigue ahogado en el TIC. Le abraza con todo el cuerpo, trata de volver a memorizar su olor, su calor... siente que jamás se fue, recuerda que él era ola al hacerle el amor, que se mecía entre sus dedos, que se ahogaba al pronunciar su nombre en una eterna sonrisa].
- Me voy —concluye Estela en un pálpito, con sorpresa, con un TIC.
No mira atrás, tiene pánico a convertirse en estatua de sal.
- ¡Le odio, le odio, le odio!... aún le quiero.
TAC.
http://nityayang.blogspot.com/2008/05/una-apuesta-perdida.html