
Las hojas se mueven, tiemblan, se oscurecen.
En menos de media hora, la tarde cambia su chaqueta marrón canela por un abrigo plúmbeo y sin intención de cambiar de vestimenta durante las próximas semanas.
"Adiós escotes; Hola medias/leotardos/bufanda".
Las hojas se mueven, tiemblan, se oscurecen.
Recibes un mensaje, de tu compañera de piso. "Llego en 10 minutos". Y lo lees de reojo mientras prosigues con la vigésima diapositiva de tu presentación sin atender a la hora, ni a ti, ni a aquello. Y empiezas a no discernir qué diferencias existen entre el B2B y el B2C porque lo que quieres es acabar y punto. Y con el punto... oyes la puerta de casa abrirse. Se abre sin arrastrarse, como si gravitara por el suelo. La rozadura polar te lleva a ser consciente de que no hay música, de que no hay relax, tan sólo una incipiente contractura en tu cuello te acompaña... estás sola.
Las hojas se mueven…
Se te antoja escuchar el sonido de unos pasos que poco a poco se aproximan.
“Saray, ¿ya has llegado?”. Y no recibes respuesta. “¡Saray!”, gritas esta vez.
No recibes respuesta.
Las hojas se mueven y ahora eres tú la que tiembla, la que se oscurece.
No sabes si oyes pasos, si hay alguien o no en casa… Nueve metros, lo que separa la entrada de tu cuarto…
Rastreas con tus ojos por la habitación qué tienes con lo que defenderte porque, poco a poco, el pánico se ha apoderado de ti, y sólo encuentras pinturas, folios, peluches… Una absurda habitación y tú sola, sola.
Los pasos se aproximan, suenan presentes o pluscuamperfectos, o eso te parece, ¿o es tu corazón? ¿O es el viento? ¿O son los de las obras de arriba –si es que hay obras-?
Coges el móvil. Pulsas la opción de rellamada. Lo acercas a tu oreja y tragas saliva tratando de recoger de tu boca algo que te quite la sed. Un tono, dos tonos, tres tonos… ¿Cuántos tonos habrá de la puerta de entrada de casa a tu cuarto?
Descuelgan. Ningún móvil con un politono delirante ha sonado cerca tuya. “Saray, ¿estás en casa?”.
“No, estoy saliendo del metro. ¿Pasa algo?”.
Te vuelves de porcelana. Quieres llorar, tal vez ya estés llorando. Y susurras, crees que susurrando te harás invisible.
“Creo que ha entrado alguien en casa. Estoy sola… se está aproximando….
Si me pasa algo, quiero que sepas, Saray,… que he pasado el aspirador, la fregona y te dejé la cena en el micro. Yo no he manchado nada”.



































