Primera cápsula_Concierto acústico. Sin sutilezas, a codazo limpio, gana posiciones para situarse en la primera línea, donde ya poco le importa que se la lleve una marea de histéricas fans o de litros de cerveza. Con su móvil en mano espera aquélla melodía que dedicar a la letra B de su listín telefónico (por ejemplo). ¡Esa! Esa se la sabe de cabo a rabo —y si no, se la inventa—. Se emociona porque definitivamente esa es su preferida, porque en algún momento de su vida comió el bocado más casuístico mientras la escuchaba o hizo el amor con algún pretérito perfecto (simple) que la arrancó el nombre... Y sonaba justo ese fragmento... ¡Justo ese! Y los focos la vuelven loca porque no sabe si todo es mentira o es la verdad más infinita que ha musitado su voz mientras un alo de luz apunta directamente sobre sus ojos cegándola (ahora es cuando llega el estribillo de la canción de, sin duda, su preferida tres).
Aplaude y aplaude, y vuelve a aplaudir, y cumple con todos los clichés del "Bis" y del "Rebis".
Y "¡Oh! Ha estado genial! o "en el concierto que dieron en la Sala Sol esta versión fue mucho más íntima". Y la marea baja.
Y sólo queda espuma.
Y, poco a poco, el sonido de los acordes de la última melodía se va diluyendo en sus oídos.
Y se queda vacía, sin ritmo.
Y se pregunta... "¿Y ahora qué?”
Segunda cápsula (antes de dormir)_
Cita a ciegas. Segura de sí misma, con medias y camisa blanca de caballero, abre la puerta de casa. “Te imaginaba más alto… ¡Entra!” Camina por el pasillo con naturalidad, con excitante candor, con una indiferencia conjuntiva que provoca que él la siga, abandonado. En su habitación, le invita a sentarse en una silla. Ella se siente/a en la cama con las piernas cruzadas. No le gusta, o sí. No sabe por qué le ha invitado, no sabe qué quiere de él. No sabe si vestirse, si ser irreverente, si salir volando, si ver el órdago… Y suena en la cadena de música Alone, de Blues Traveler y… es en la eternidad de esos próximos cinco segundos donde recuerda qué necesita.
[Paneo, cámara que enfoca al suelo… Una media cae, una camiseta verde a rayas sepulta a la delicada media, una camisa blanca la acompaña… fundido a negro].
Se entierra bajo él (un pronombre). Juega a ser la ‘mejor’ con sus labios, con sus manos, con la yema de sus dedos… La besan entera, la desean a manos llenas (como la otra noche). Ella escucha sus propios gemidos mientras recuerda [qué mala memoria, quema la memoria]… Y recuenta mentalmente con cada embestida su olor, su sabor, su su-su. Y grita, se arranca, se ahoga en su propia marea. Y ya le ama [“Te amo”, susurra]. Y con amor le pide que se beba todos sus orgasmos.
... Se duerme…
… Él la abraza como si fuera purpurina.
… Sonríe.
… Él quiere…
Y se duerme.
Por fin duerme.
Tercera cápsula_
Día de diario . Se levanta taciturna. Ha apagado la alarma del móvil diez veces. Tiene que cambiar esa melodía, le ha perdido el respeto por completo. Vuelve a cerrar los ojos por si encuentra ráfagas del último sueño con el que despuntaba el día, o por regocijarse en esa frase que él le dijo justo antes de acostarse… Sonríe recordándola, parafraseándola, pero son las 08:20 de la mañana, tiene que ir a trabajar y la frase… se…. la… está….llevando…. el ….aire. Se levanta sin ganas, sin ánimo. Se ducha sin moverse dejándose empapar como si fuera una magdalena en leche. Se seca, se viste. No se peina. Se pone un café hasta arriba y coge la caja de pastillas. Saca una tableta y desprende una de las cápsulas del resto. La mira. Este es el 430 día que la toma en un esfuerzo por intentar bajar el ritmo, en acostumbrase a que su vida pase suave sin la necesidad tóxica de vivir a 200 revoluciones para que éste merezca la pena. Blanca/Roja. La mira y se le antoja pequeña, inofensiva, comprensiva, inocua y cierta. Levedad/Gravedad. Se mira y se piensa absurda por bella, vulnerable e impaciente. Coge su agenda y escribe, no quiere olvidarlo: “por bella”.
Se acabó el mundo del lexatín: de mendigar abrazos, de necesitar halagos no hechos por uno mismo, de los cambios radicales de pelo como subidón adrenalítico, de los chateos intempestivos, de cruzar el paso de cebra en rojo (y la propia vida). Se acabó lo de beber recuerdos, como si fueran chupitos de vodka, para aplacar las penas. Se acabó lo de dormir cuatro horas al día ansiosa por devorar el último bocado. Se acabó mi réquiem por un sueño. Se acabó la lucha de gigantes.
Buenos días. Hoy he dormido bien. Sin ti.