martes, 1 de mayo de 2012

Un roto para un descosido


De NityaYang

Puede ser que no fuera más que una casualidad que, aquella misma mañana, en plena reunión, se le hiciera un tomate en el calcetín por el cual, oscuro, silencioso e incómodo se le colaba el dedo gordo del pie derecho. Y decimos que puede que después de todo se tratara de una simple casualidad porque fue esa misma mañana que de camino al trabajo encontró y recogió aquel pequeño e impoluto calcetín de bebé, a rayitas blancas y rojas, tirado en el suelo del metro, el pequeño y flamante calcetín que le cambiaría la vida.
En el transcurso de la reunión pronto se hizo manifiesta la incomodidad que evidenciaba el comportamiento de nuestro hombre. Su pie derecho se removía dentro del zapato como una lagartija que intenta sacar la cabeza de un embudo. Se puso muy nervioso al sentir cómo su dedo gordo se enfriaba y se dividía en dos partes irreconciliables, una dentro y otra fuera del calcetín. “Si al menos hubiera una mesa de por medio esta situación no resultaría tan violenta en medio de una reunión”, pensó. Su incomodidad fue rápidamente evidente para todos. Primero, para uno de sus compañeros que, no sólo lo miró interrogativo, sino también admonitorio; después, para su jefe don Simón que le lanzó una mirada que lo dejó avergonzado y abatido. Pero fue incapaz de recomponer la postura y de olvidarse de aquel incómodo inquilino en que se había convertido su dedo gordo, que parecía exigirle a gritos, a través de todos los nervios de su cuerpo, un remedio a su situación. Como era de natural tímido, vacilante, poco dado a intervenir en el curso de los acontecimientos, tuvo que reunir todas sus fuerzas para excusarse: “Disculpen, si no les importa debo ir al servicio”. Carcajada generalizada, muecas socarronas, bromas oportunas e ingeniosas –no vamos a negarlo- relativas al tipo de lectura que debería llevarse al baño para no perder el hilo de la reunión… Pese a todo, Don Simón respiró aliviado porque pensaba sinceramente que su chico -aún lo llamaba así después de más de 20 años de leal servicio- estaba dejando en muy mal lugar a la compañía con su manifiesto malestar físico: “Dese prisa, por su propio alivio y el del resto”, manifestó Don Simón con aquella proverbial indulgencia suya. Don Simón hablaba así, ampuloso y artificial para sus concurrencias lo que solía hacer bastante gracia y hasta caer bien.
Triste y humillado por la broma de su jefe y las risitas de los reunidos salió de la sala con un inadvertible cojeo, reuniendo toda la dignidad que le quedaba para abrir la puerta. Pensó con amargura que hubiera sido mejor, más respetable, haber bromeado abierta y públicamente sobre el tomate de su calcetín; una imagen, al fin y al cabo, menos obscena que la que tenían todos en mente ahora de él, sentado en la taza del váter. Así era nuestro protagonista: siempre veía lo conveniente pasados los hechos. Su reflexión y aun su corazón iban un paso por detrás de su vida, una vida en la que se había acomodado ordenadamente el polvo, un acorde, un eterno titular.
Naturalmente, en vez de a los lavabos se encaminó directamente a su despacho, donde dentro del maletín había guardado su pequeño y encantador recién encontrado calcetín de bebé. Su plan: meter el pie como fuera ahí dentro y ponerse encima su calcetín de trabajo corriente, negro, ejecutivo y agujereado. Así, utilizando al pequeño calcetín como parche, no le saldría el dedo como una burbuja y además no se notaría por fuera. La solución parecía perfecta pero pronto, al sacarlo de la cartera y observarlo diminuto entre sus manos, se dio cuenta de que no podría enfundarse ese pequeño calcetín sino a riesgo de reventarlo. Se quedó paralizado extrañamente enternecido por la suerte de ese inocente objeto textil a quien su razón impulsaba a sacrificar en provecho de su propia comodidad. Pronto su mente, siempre dubitativa pero adiestrada durante largos años en los asuntos más prácticos de la vida, comenzó a cavilar: ¿Merecía la pena estallar esa delicada y adorable prenda de bebé por embutir dentro ese huesudo pie adulto suyo? ¿Compensaría su bienestar la destrucción de tan diminuta maravilla? Pero no tenía tiempo para tantos miramientos. La reunión continuaba sin él unas cuantas puertas más allá y casi seguro que estarían todos bromeando con que su tardanza sería debida a motivos no tan insignes como estas, en verdad, adorables meditaciones en que se veía inmerso. “¿Qué más da?, pensó. “Es solo un calcetín. Cualquier tienda de ropa de bebé está repleta de ellos, calcetines idénticos a este, emparejados en estanterías, multitudes de ellos producidos en serie y repartidos por los supermercados”. Se rió de sí mismo, de su absurdo sentimentalismo, y corrió las cortinas para que nadie que pasara lo viera quitándose los calcetines. El tiempo apremiaba así que se descalzó sin miramientos y arrancó la causa de su sufrimiento con tal decisión que se le escapó un animoso “ole”. Notó cómo su pie desnudo recobraba su forma y consistencia. Tiró el calcetín viejo al suelo, cogió el pequeño calcetín por su apertura y, con toda la fuerza de sus pulgares, lo estiró hasta casi hacerse daño. El calcetín resistía, era pequeño pero muy fuerte el cabrón, y por más que lo estiraba no conseguía ni la mitad del diámetro necesario para meter dentro el pie. Redobló sus esfuerzos: con su pie desnudo apoyado sobre la rodilla contraria acercaba el orificio del diminuto calcetín mientras, casi congestionado, apretaba y guturalmente acompañaba sus dedos dentro de la prenda. Debía de estar haciendo más ruido del que imaginaba porque, desde la sala de reuniones, escuchó algunas risas y comentarios relativos a “su sufrimiento” y, pensándolo bien, cierta analogía existía entre sus “esfuerzos”. Paró. Fue entonces cuando… “Snif, snif”. ¿Un sollozo? Sí, le pareció oír un sollozo que provenía de… ¿el calcetín de bebé? Lo soltó con un respingo. Un poco asustado, descartando tal posibilidad inmediatamente, achacó la confusión a uno de esos feos silbidos pulmonares que padecía a veces. Así que lo recogió y siguió estirándolo con todas sus fuerzas y de nuevo oyó el gemido, esta vez nítido, como el llanto de un niño que, inequívocamente, salía del pequeño y tierno calcetín ¿bebé? El quejido, ya evidente, primero lo paralizó, después lo asustó y luego, como cualquiera imaginará, lo mantuvo durante un buen rato ocupado en la ardua tarea de elaborar un razonamiento cabal para tan a todas luces misterioso suceso. Y por lo tanto, como no podía engañarse acerca de sus sentidos, como sabía que había oído el llanto del calcetín, algo físicamente imposible, la única explicación alternativa que le quedaba era asumir que se había vuelto loco. ¿Significaría su paranoia, su esquizofrenia o lo que fuera aquello un vuelco trágico en su vida? Esperaba que se tratara solamente de un brote o algo así, que fuera algo pasajero, o como mucho esporádico, que se le pasara pronto para olvidarlo y no acabar en un centro psiquiátrico o señalado por el vecindario –cosa que le desagradaba casi más–, pero no tuvo ninguna duda de que, en mayor o menor grado, se había vuelto loco. Para no dejar rastro de su locura volvió a guardar al pequeño en su maletín de trabajo con cierto mimo y, un poco amargado por la reciente revelación, regresó a la sala donde se celebraba la reunión. Había pasado casi media hora. El efecto que su entrada produjo entre los reunidos fue prácticamente nulo. Don Simón y otros discutían acaloradamente y ni siquiera hicieron un gesto cuando saludó al sentarse. Uno de sus compañeros y uno de los visitantes, que parecían mantenerse al margen del asunto de la discordia, hicieron el amago de levantar una simpática ceja al verle pero pronto recobraron su rigidez. Ni siquiera le hicieron un gesto de broma por su retraso en el baño por lo que el asunto debía ser serio –o él menos importante como para acaparar la atención–. Se sentó y allí pasó un buen rato meditativo, sin escuchar, profundamente ajeno a cuanto le rodeaba y valorando si sería esquizofrenia o paranoia porque, aunque no sabía mucho del tema, sí tenía claro que lo suyo no era ni psicosis ni neurosis.
El vozarrón de Don Simón lo sacudió y sacó de su ensimismamiento cuando este se volvió, liquidado el punto que habían tratado, y quizá para relajar tensiones con los clientes se dirigió a él en tono irónico: “Pero hombre, buenos días. Es evidente que le está costando hoy llegar al trabajo. Espero que haya tenido además el tiempo necesario para lo suyo, le esperábamos ansiosos”. Su recién conocida enfermedad –pese a no haber esclarecido aún su tipología– lo envalentonó y nuestro hombre se cruzó de piernas y lo miró tranquilo, sin más réplica. Para alguien como Don Simón, acostumbrado a mandar y atemorizar con su vehemencia, aquel gesto era una desfachatez, una impertinencia y un desafío. Todos en la reunión juzgaron esa imperturbable pose del empleado como una provocación ante la que el jefe debía responder para hacer valer su mando: “No sé qué negocios se ha traído usted en el váter, pero quizá le interese saber  que se ha dejado allí un calcetín”. Todos prorrumpieron en una olímpica carcajada al ver el tobillo desnudo de nuestro héroe y fue cuando este, avergonzado más que si la sala hubiera sido partícipe de su trastorno, se dio cuenta de que siempre huía de las necesidades vitales, de las responsabilidades emocionales. Siempre llegaría puntual a la oficina, recogería la goma de borrar que quedara sobre su mesa, plancharía los cuellos de las camisas, iría por las tardes a ver la novela con su madre… siempre sería un soldado entrenado para obedecer sin rechistar pero nunca asumiría libremente la responsabilidad de poner en sus manos la voluntad de otro. Y ahora que tenía la oportunidad de cuidar y mimar a un ser indefenso, de dotar a su propia vida de consistencia, riego y rumbo prefería tomarse por loco y correr asustado como un niño. ¡No, otra vez no! Así que tragó saliva, miró a Don Simón a los ojos, por primera vez en años, y rompió su irritante silencio levantándose cual ilustre hidalgo y señalando a los presentes: “Don Simón, colegas… Los abandono por menesteres más nobles. Un pequeño calcetín llora desconsoladamente en mi despacho y necesita mi atención. Un bebé calcetín, para ser exactos”. Y, ante el murmullo socarrón del grupo y la mirada atónita de su jefe, recogió tan solo su maletín de su cubículo y se fue.
Salió a la calle y se sintió vivificado, bendecido por la existencia. El mundo fuera de la oficina se había convertido en un lugar lleno de posibilidades. Sacó del maletín al chiquitín y lo puso en la palma de su mano: “No llores más, yo te ayudaré a buscar a tu mamá”, susurró nuestro hombre al calcetín recién nacido mientras lo mecía para que se tranquilizara, al fin y al cabo, después de haberlo querido ahogar con su pie, tenía que ganarse de nuevo su confianza. Tenía mucho que hacer, sí. Pero ¿por dónde empezar a buscar? ¿Cuánto le llevaría? Y mientras aparecía la mamá del bebé, ¿qué le daría de comer? ¿Y si lloraba de  nuevo y lo escuchaban los calcetines de las tiendas de la franquicia Calcetón, pensarían que lo habría secuestrado? De repente, se le ocurrió una idea genial: pondría un anuncio en el periódico y pegaría carteles por todo el vecindario con una foto del precioso calcetín. Sí, eso haría. Ni corto ni perezoso, ubicó al pequeño en un banco y empezó a hacerle fotos con el móvil. Lo tomó en diferentes poses y desde distintas perspectivas porque, como él mismo apreció, la separación de sus rayitas rojas sobre su textura blanca le daba una personalidad que le diferenciaba del resto de calcetines. El bebé parecía encantado e incluso se lo veía algo más colorado que cuando lo encontró aquella mañana.
Tras colocar carteles en cada árbol que encontró a su paso con el anuncio que elaboró en apenas unas horas acudió al punto de la red de Metro donde había recogido al calcetín esa mañana, y se sentó allí a esperar. Era digno de ver: un hombre impecablemente vestido de traje gris con corbata a rayas y zapatos caros, con un maletín de cuero, todo a juego, sentado en el pasillo del Metro acariciando a un pequeño calcetín y cuchicheándole cosas con dulzura. La gente pasaba y se lo quedaba mirando conmovida; otros, más asustadizos, guardaban cierta distancia al cruzar el andén. También hubo algún desgraciado que, con mala uva, se quitó su calcetín y se lo tiró a la cara llamándolo “pervertido”. Pero nuestro héroe no se inmutó. Tampoco sentía hambre ni frío, ni sed ni calor. El día pasó, se escucharon alejarse los pasos de los últimos viajeros y allí no acudió nadie a buscar al pequeño. Pero no le importó ni le desalentó. Mantuvo su sonrisa de idiota –la que se le quedó tras abandonar victorioso la sala de reuniones- hasta que, entumecido, tuvo que levantarse de su asiento cuando un guardia de seguridad acudió a echarlo.
Salió a la calle de noche y aspiró el cielo místico y nocturno. Su felicidad era rotunda: había encontrado un motivo por el cual luchar, alguien de quien cuidar y alguien a quien esperar. No se podía pedir más a la vida: amor y aventura. Vagó por la ciudad bajo las estrellas confiando en que el azar pondría en su camino a la mamá del pequeño calcetín, que lo estaría buscando.
No fue hasta llegar a su casa, haciéndose de día, que terminó el sueño de nuestro noble Don Quijote. En la puerta del portal le esperaba una pareja de policías a quienes había enviado su jefe y algunos vecinos porque “mantenía un comportamiento sospechososo”. Con mucha amabilidad le preguntaron su nombre y departieron con él durante un rato. Después le pidieron que él y su pequeño calcetín los acompañaran a la comisaría. Y allí esperó hasta media mañana donde un psiquiatra lo examinó desde el otro lado de una infinita mesa blanca. Lo escuchó enternecido, valoró su estado y lo envió a una institución. Fue entonces cuando nuestro héroe supo que efectivamente estaba loco, que el grado de su trastorno  era algo bastante grave, que necesitaba tratamiento y que no había en el mundo pequeños calcetines bebé que sollozasen. Y una vez más se sometió sin mirar a los ojos, sin rechistar, sin asumir sus necesidades emocionales y poniendo su voluntad en las manos de otro. Dicen que, al cabo de un tiempo, se curó del todo y acabó tirando sin compasión el pequeño calcetín a una papelera.
La misma madrugada de su detención, otro calcetín ya viejo, ejecutivo y roto por el dedo gordo del pie fue encontrado por la señora de la limpieza tirado sobre la moqueta de un despacho. La señora lo recogió de mala gana y maldiciendo lo tiró también a la basura.

9 comentarios:

Carlos dijo...

No merecía tal final ese pequeño guardían de historias :)

Y parece grande tu relato pero cabe en un momento muy bueno de lectura. Un abrazo y bienvenida!

Aan dijo...

Tiempo sin leerte. Alegría de ver tu estilo intacto. Es como volver a casa.

Javi dijo...

Hola Ota!! No creo que adivines quien soy ni en un millón de años!!! Veo que sigues tan... fascinante como siempre... Encontré este blog casi de casualidad!!! Un besazo. J.

NityaYang dijo...

Carlos, tienes toda la razón... en realidad, no era el final original de esta historia... ¿Cómo estás? Ya sabes que voy y vengo... Me falta disciplina, jo...

Aan, eres siempre tan linda... Te tengo abandonada, perdóname... Tengo tal jaleo que no me acuerdo ni de las claves para entrar en ningún lado... Este texto me parece muy serio... me estoy haciendo mayor...

Javi: ni idea de quién eres!!! Aparece!!!! MUAS

Anónimo dijo...

Me perece increíble que no te acuerdes de mí!!!?!?!? Y eso que casi trabajamos juntos!!! (o sin el casi...)

Elvio dijo...

Muy interesante blog. Felicitaciones

Remolque dijo...


wiki: El remolque, también conocido como acoplado o tráiler es un vehículo de carga no motorizado que consta como mínimo de chasis, ruedas, superficie de carga y, dependiendo de su peso y dimensiones, frenos propios. No se puede mover por sus propios medios sino que es arrastrado y dirigido por otro vehículo: desde camiones-remolque específicos hasta motos y bicis, pasando por turismos o tractores.
Mi pregunta: ?cual es diferencia entre:
Remolques para autos
remolques de coches
remolques para coches

Remolque dijo...

me gusta tu blog.
dame un favor, soy un hobre que quiere ganar poquito en internet en tema de remolques.
no soy una robo... REMOLQUES

ponga porfa mi link. vas a tener un poco de satisfaccion ;)

Remolque dijo...

me gusta tu blog.
dame un favor, soy un hobre que quiere ganar poquito en internet en tema de remolques.
no soy una robo... REMOLQUES
ponga porfa mi link. vas a tener un poco de satisfaccion ;)