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sábado, 29 de noviembre de 2008

¡Para comerte mejorrrr!

He tenido unas semanas con poco tiempo y menos ánimo como para entregarme a escribir, pensar y, en definitiva, dedicar tiempo a 'mis palabras'. ¡Pobres ellas! Las tenía por ahí abajo tratando de subir hasta mi boca y ¡ZAS! me comía un trozo de magdalena (por ejemplo) para matar la ansiedad y volvían a bajar. Es muy duro para la palabra 'lobo' trepar desde las entrañas de mi tripota hasta mis labios cargada con 'magdalena'. Mucho peso, ¡ains!
Menos mal que tengo siempre a mi ELEfantito soplándome y, cuando se me mueve el flequillo, mi frente se despeja y recuerdo cuánto me gusta leer, ver, mirar, oler, sentir, pintar, tralala tralalá... Así que, esta semana me mandó la historia que ahora os dejaré leer... y al ver el site del escritor me he puesto muy contenta porque él mismo se define como "Domador de palabras".
Las somete todos los días a un curioso y exhaustivo entrenamiento. Les redobla las esquinas, les rebusca los recovecos...
Y cuántas veces no me habré sentido 'rara' por dar demasiada importancia a las palabras... Y cuántas veces no me habrán y habré cuestionado por darles demasiado crédito y "coleccionarlas". Y cuántas veces no he querido más que leer alguna hermosa antes de dormir porque, sintiéndolo mucho, me hacen sonreir y siento que me acurrucan y, por fin, puedo dormir.
...Por aquella manía que tienen de decir lo que callan, de sugerir lo que no han dicho, las palabras nunca son lo que parecen.
Y qué agradable es ver cuántos 'raros' hay que dicen cosas que me hacen sentir que los soñadores no estaremos de moda pero... haber los 'ailos'.
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No recuerdo a dónde iba, pero sí que paladeaba unos versos. Me gusta hacerlo. De niño chupaba regaliz por las calles; hoy rumio palabras. No hacen el viaje más corto, pero lo hacen más viaje. Llovía. De pronto, me asaltó una pregunta:
- ¡Alto, esto es una pregunta! ¡Arriba las manos...! Bueno, mejor no las retires del volante. Pero no intentes hacerte el listo y contesta: ¿Para qué sirve eso de leer?
-Leer –
me digo en cuanto se me pasa un poco el susto. Las preguntas no siempre son inofensivas, aunque la verdad es que esta parece buena-. ¿Para qué sirve leer?
- ¡Para comerte mejor!
–contesta raudo el lobo feroz que siempre viaja conmigo. Tengo que quitarme la manía de hablar solo cuando voy de viaje.
-Calla, hombre. No te preguntaba a ti –le digo, aunque sonrío por dentro. La verdad es que tiene razón, pero no debe enterarse o se pondrá muy pesado. Además no tiene mérito, siempre contesta lo mismo.
- ¡Ay, si yo supiera leer! –sigue él-. Léeme por favor.
Bromeando, le leo el primer cartel que pasa: “Caudete. 30 kilómetros.”
-¡Oh, Caudete. 30 kilómetros! ¡Qué bonito suena! ¿Cómo será Caudete? Me lo imagino azul y con peligros en el camino. Sí, eso es, lleno de cazadores o de leñadores o de leñadores-cazadores...
-Lobo.
-¿Qué?
-Sabes leer mejor que muchas personas humanas.
-Pero si yo no conozco las letras.
-Da igual.
- Ah
–dice y parece reflexionar, aunque yo sé que no lo ha entendido del todo.
- Gracias –le digo.
- ¿Por qué?
- Me has hecho pensar.
-De nada. Al fin y al cabo soy un personaje de cuento. Es mi obligación.

© Ilustración de Pablo Bernasconi
Relato de Pablo Albo

martes, 28 de octubre de 2008

La vaca estudiosa

No sé por qué me acordé el otro día de esta canción. Puede que porque estaba malita -he estado unos días desaparecida por esto- y siempre siempre, cuando he estado malita, me han puesto de pequeña mi Cuenta Cuentos. Me sé esas cintas de memoria. Me acuerdo de Gobolino, el gato embrujado (que soñaba con ser un gato faldero), de Más sabia que el Zar, de Palitroque y la abuela Sarmiento... En realidad, no sólo los recuerdo sino que forman parte de mis recursos a la hora de explicar algo que asumo como importante para mí. ¿Qué tendrán los cuentos que me llenan tanto? Supongo que lo máximo con lo mínimo. Palabras sencillas y una moraleja clara: da igual quién seas, de dónde vengas y qué piensen los demás de ti; siempre, siempre si quieres algo "puedes".
Esta entrada va para los valientes, los opositores, para los que suman balances y suspiran con guiones, para los que andan con zapatillas rojas porque quieren ser como Dorozy, para los que viajan a Nueva York para encontrar un amor que estuvo siempre a la puerta de casa, para los que pulsan Play esperando un verso dedicado, para los que llevan traje pero lloran como bebés, para los que desafían al mal tiempo con buena cara (cómo te fastidia, don tiempo, eh?), para los que dicen al dolor "ven que aquí estoy yo, más te vale hacerte amigo mío, monín", para los emprendedores que llevan una púa en el bolsillo, para los que roban besos, suspiran versos... Para todos y para ti.

Había una vez una vaca
en la Quebrada de Humahuaca.
Como era muy vieja, muy vieja,
estaba sorda de una oreja.
Y a pesar de que ya era abuela
un día quiso ir a la escuela.
Se puso unos zapatos rojos,
guantes de tul y un par de anteojos.
La vio la maestra asustada y dijo: "Estás equivocada".
Y la vaca le respondió:"¿Por qué no puedo estudiar yo?"
La vaca, vestida de blanco,
se acomodó en el primer banco.
Los chicos tirábamos tizas y nos moríamos de risa.
La gente se fue muy curiosaa ver a la vaca estudiosa.
La gente llegaba en camiones, en bicicletas y en aviones.
Y como el bochinche aumentabaen la escuela nadie estudiaba.
La vaca, de pie en un rincón,rumiaba sola la lección.
Un día toditos los chicos se convirtieron en borricos
y en ese lugar de Humahuaca la única sabia fue la vaca.


Canción de Elena Walsh
© Ilustración de Pablo Bernasconi