No me gusta desayunar sola.
No me gusta hacerme la interesante leyendo el periódico.
No me gusta ir de cañas pero sí de merienda.
No me gusta dormir sola.
No me gusta estar sola en casa (aunque me encante estarlo y hasta las mil en mi cuarto escribiendo, retocando fotos, investigando).
No me gusta salir pronto de trabajar si no tengo otra cosa que hacer.
Ni me gusta tomarme la hora de la comida si sólo yo me oigo masticar.
No me gusta necesitar de algo o de alguien.
Me gustaría saber disfrutar de mí, me, conmigo.
No me gusta leer en este post, tantas veces, la palabra "sola".
Independiente y dependiente emocional.
Sí, y ¿qué?
No sé quién me hizo creer que es malo el querer pasar tiempo con la gente a la que quiero.
Ni sé quién me hizo creer que es mejor ser una almeja (o un mejillón) y encerrarte para evitar que te hagan daño los demás.
No sé por qué los "demás" son enemigos del "yo", ni sé por qué el "yo" me hará sentir mejor una tarde de domingo que el "tú".
Reivindico la tiranía de los pronombres...
... de los verbos conjugados, de ti y de mí.
Grito, porque soy muy escandalosa, que me gustas tú.
Que quiero ir al cine y comentar la peli con vosotros; ir en la búsqueda de calcetines; abrazarte, besarte y lamerte (porque me gusta tu 'calor corporal'); jugar a los superhéroes con ellos (que compartir la vergüenza es siempre más reconfortante); secuestrarla para beberme sus penas; hacer olas en la cama con mí, tú, él, ella, nosotros, vosotros y ellos.
Qué triste es comer solo sin poder pinchar de algún otro plato, ¡ains!

Inés azul, de Pablo Albo y Pablo Auladell
"Llamamos a las olas para que nuestra playa no se quede sosa.
Le levantamos la orilla al mar y miramos debajo.
Los peces se van gritando, siemprelos pillamos desnudos.
Hacemos montañas de arena y las escalamos.
Acabamos derrotados".
¡Pero juntos!



