Mostrando entradas con la etiqueta puntos suspensivos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta puntos suspensivos. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de enero de 2008

Puntos suspensivos

Te prometí una historia. No es una gran historia, al menos no creo que sea la historia que tú esperabas. Demasiada expectación para algo tan pequeño, tan sencillo, tan sutil. Lo mismo no es ni una historia sino un estímulo...
Me gusta compartir mis estímulos contigo... a veces no los notas, pero yo te los mando. Me apetece besarte y ¡zas! Te lanzo un beso. Uno de esos ruidosos, de los que parecen una sonrisa. Alguna vez lo habrás sentido. Alguna vez habrás sentido que te acaricio la tripa, que pestañeo, alguna vez...
Tres puntos suspensivos. Sutiles .(uno) . (dos) . (y tres) y aún así una eternidad.

¿Sabes por qué no escribo? Qué absurdo, ¡claro que lo sabes! Tengo mil libretas (de anillas, cosidas, de grapas, artesanales, de dibujos, con ilustraciones de artistas, de papeles cuyas hojas proceden de lejanos países, de rayas, cuadros, pequeñísimas, enormes, de bolsillo, para llevar en el bolso...), tengo cientos de bolis (plumas, pilots, rotuladores de punta fina, gorda, con purpurina, con doble punta, plumillas, tinteros...), tengo cientos de experiencias (tiernas, románticas, burdas, soeces, de cuento, de comedia, de melodrama, con personajes horripilantes y absurdos...), tengo una imaginación desbordante (para acariciar, para desear, para crear, para besar, para dormir, para no dormir, para perderme, para fustigarme, agobiarme, para creer, para no creer, para convencer...)... y, sin embargo, ahí están los puntos suspensivos. Los eternos puntos suspensivos son lo único que rematan mis frases. Tengo algo que no vale nada. Tengo una historia inexistente, la mía propia.

Hablemos de frustraciones. ¿Encontrar trabajo? Por supuesto, fue una de ellas. “¿De qué sirve ser tan buena si nadie se digna a darte una oportunidad? O… ¿tal vez no lo sea y por eso nadie me la da?”.
Por aquel entonces, con un currículum muy atractivo, y tras un centenar de cartas enviadas sólo logré que me llamaran para hacer una entrevista en un famoso parque de atracciones. “¿No tienen un puesto en comunicación, o en el departamento jurídico, para el que hacer una prueba?” –preguntaba mientras me daban el que sería mi uniforme ante la negativa de la persona que me entrevistaba. Me enfundé en el pantalón peludo y amarillo pero no pude subirme el resto del disfraz. “Vaya, eres demasiado alta para ir de de Piolín, veremos si entras en Silvestre”. Genial, mi única entrevista y ya mi físico me condicionaba.
Un año después –y si éste fuera un relato en fotogramas una voz amable hubiera entonado esta frase– me llamaron para hacer una prueba como redactora. Subí en el ascensor y, al abrirse la puerta, me golpeó en la cara la frase tintada en la pared. “Nunca sabes de qué eres capaz hasta que lo intentas”. Sonreí mientras la pronunciaba en mi interior. “Ya sabes Ota, no hay excusas”. Y ahí conseguí mi trabajo, el actual. Éste me ha dado muchas cosas buenas, no sólo profesionales. También me ha dejado demostrarme que aunque no siempre comience algo ‘sabiendo’ siempre soy capaz. Aún así, sigo sin escribir fuera de horario laboral. Quiero encontrar placer en ello pero sólo encuentro sufrimiento. Me da miedo mirar el papel y que no me guste el reflejo opaco de éste.

Cada día me acuerdo más de ti. Tengo varias historias empezadas que te vinculan o que, sin más, te dedico. Qué absurdo, no tener historia pero sí dedicatoria. Qué absurdo dedicarte algo vacío. Lo único que dominan mis historias son mis eternos puntos suspensivos. Te echo de menos. Te echo de menos. Te echo de menos. Te echo de menos.
Recuerdo cada frase, caricatura, gesto... No echo de menos lo que recuerdo, echo en falta el tener más de ti... A veces me detengo en un pensamiento y me sorprendo llorando. Me sorprende, de verdad, verme llorando. No porque sea extraordinario que llore sino porque es tan intenso el pensamiento que tengo miedo de que deje de ser tan fuerte. Tengo miedo de olvidarlos.
Hace unos meses fuimos a cenar a un japonés mamá, Chos y yo. Me gusta ese sitio porque la cocina es estupenda y por un detalle absurdo que me traslada a ciertas películas. Siempre me ha dado envidia ver que en las pelis dan a los protagonistas esos dulces de la suerte que abres y tienen un mensaje en su interior. En este restaurante te los ofrecen, me encanta… Abrí el mío, desplegué la nota: “nunca sabes de lo que eres capaz hasta que lo intentas”. Sonreí por la fantástica casualidad, exclamé algo que no recuerdo y giré el papel. Había varios signos en japonés, debajo su traducción. Se apoderó de mí el llanto como quien agarra algo entre sus dedos de la única forma que se sujetan las cosas vitales. Abajo ponía ‘abuela’.

Es una historia sencilla. Es una historia pequeña, un guiño, ¿aburrida? Seguro. También es seguro, al menos eso espero, que no sea lo mejor que escriba pero ya no hay excusa y, sobre todo, ... Es una historia acabada.