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martes, 20 de septiembre de 2011

Porque la belleza es necesaria

NityaYang

Propongo mi cabeza atormentada

por la sed y la tumba. Yo quería

despedir un sonido de alegría;

quizá sueno a materia desollada.

Me justifico en el dolor. No hay nada;

yo no encuentro en mis huesos cobardía.

En mi canto se invierte la agonía;

es un caso de luz incorporada.

Propongo mi cabeza por si hubiera

necesidad de soportar un rayo.

No hablo por mí solo. Digo, juro

que la belleza es necesaria. Muera

lo que deba morir; lo que me callo.


No toques, Dios, mi corazón impuro.

De Antonio Gamoneda


sábado, 31 de julio de 2010

(Del Latín, eo, de Ego)


Sí. Ésta.
Ésta soy yo. Con y sin tilde.
Azúcar o sacarina, pero siempre blanca.
Siempre desnuda.
Enamorada de la luna y sonámbula bajo el sol.
Mi sol.
Que a veces está constipado.
Estornuda y se nubla.
Pero ésta soy yo.

La que llora y te grita.
(A ti)
La que te grita y te besa.
(Sin ti)
La que se deja mojar por la lluvia.
…
…….
…………
Por esa gota,

… y por esa otra…

¡Y también por esa!

Me mojan, sí, pero yo me las bebo.
Mi piel brilla.
Mi boca rezuma.
Mi tripa tiembla.
Pero ésta soy yo.
Sonrisa escalena,
electrocardiograma de un gemido,
fuego de sabor canela.

Sí. Ésta soy yo.
Capaz, trémula, sobresaliente.
Un bocado perfecto sin atar por un palillo.
Sí. Ésta.
Absurda.
Tierra de nadie.
Paréntesis morfosintáctico.
Una onda en el agua
Que se disipa como los charcos.
Ésta.
Con y sin foco,
Bajando la escalera (a lo Swanson).
Ésta soy yo.
Más verbo que pronombre.
Ésta, a color, soy yo.

sábado, 3 de enero de 2009

Los amorosos, de Jaime Sabines

Vuelvo a leer este poema después de algunos años, ya unos cuantos, y aún me sigo reconociendo. ¿No eran los años los que te hacían madurar? Creo que mi corazón se afilió a otro partido... El día menos pensado me monta un golpe de Estado. Si no... al tiempo.


Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan. Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento. Tienen serpientes en lugar de brazos. Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos. Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse. Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida. Y se van llorando, llorando la hermosa vida.
Texto_Jaime Sabines
Ilustración_Benjamin Lacombe