
Hoy estoy por gritar y por gritarte. Ojala hubiera luna llena para poder abofetearla con mi voz.
Escucho Al respirar, de Vetusta Morla, mientras escribo, por no ahogarme. Pero me ahogo…
Y si me ahogo es porque no me entran las palabras en la boca, no me caben. Las derramo por la comisura de los labios para no atragantarme…
Y quiero respirar, tan fuerte que se rompa el aire…
Te veo y no te reconozco.
Creía haberte encontrado. Y no, una vez más me equivoqué contigo.
Creo en las casualidades, es la única religión en la que tengo fe. Aún sabiendo que estas pueden forzarse, aún sabiendo que la casualidad no es más que la estética que el hombre confiere a una determinada circunstancia para convertirla en credo, creo en ellas. Porque, idiota de mí, aún sigo creyendo en ti.
Sigo creyendo en que antes que tú estaré yo; en que guardarás todas las notas que abandoné en alguna de las paredes de tu casa; en que mi piel siempre será la droga más dura, aunque mis arrugas rodeen tus dedos; en que te darás la vuelta mil veces para despedirme antes de que desaparezca ante tus ojos; en que volverás; en que te irás y me echarás siempre de menos, siempre... Creo en que los años no restarán ni una de las taquicardias que me provoca tenerte cerca, en que dueles, en que seguirás haciendo feliz y miserable a tantos, en que otras te besarán y te cantarán –¡que sepan quién eres, que lo sepan antes de acercarse a ti!–, sigo creyendo en que te necesito para ser por completo yo…
Quiero verte… quiero tenerte. Te odio porque te necesito.
Idiota, idiota de mí. Aún sigo creyendo en ti, 'Amor'.
Escucho Al respirar, de Vetusta Morla, mientras escribo, por no ahogarme. Pero me ahogo…
Y si me ahogo es porque no me entran las palabras en la boca, no me caben. Las derramo por la comisura de los labios para no atragantarme…
Y quiero respirar, tan fuerte que se rompa el aire…
Te veo y no te reconozco.
Creía haberte encontrado. Y no, una vez más me equivoqué contigo.
Creo en las casualidades, es la única religión en la que tengo fe. Aún sabiendo que estas pueden forzarse, aún sabiendo que la casualidad no es más que la estética que el hombre confiere a una determinada circunstancia para convertirla en credo, creo en ellas. Porque, idiota de mí, aún sigo creyendo en ti.
Sigo creyendo en que antes que tú estaré yo; en que guardarás todas las notas que abandoné en alguna de las paredes de tu casa; en que mi piel siempre será la droga más dura, aunque mis arrugas rodeen tus dedos; en que te darás la vuelta mil veces para despedirme antes de que desaparezca ante tus ojos; en que volverás; en que te irás y me echarás siempre de menos, siempre... Creo en que los años no restarán ni una de las taquicardias que me provoca tenerte cerca, en que dueles, en que seguirás haciendo feliz y miserable a tantos, en que otras te besarán y te cantarán –¡que sepan quién eres, que lo sepan antes de acercarse a ti!–, sigo creyendo en que te necesito para ser por completo yo…
Quiero verte… quiero tenerte. Te odio porque te necesito.
Idiota, idiota de mí. Aún sigo creyendo en ti, 'Amor'.
“Y tu silencio, retumbando, ahoga mi voz en el vacío inerte”. Y me ahogo, me ahogo... Y no puedo respirar.

